El gran sinfonismo decimonónico (I). Johannes Brahms

Anton Bruckner (1824-1896), Johannes Brahms (1833-1897), y Gustav Mahler (1860-1911) diseñan, cada uno a su modo, el gran sinfonismo de la segunda mitad del XIX. Después de Beethoven (1770-1827) era necesario un paso adelante y estos tres compositores fueron los encargados de darlo. Aunque, bien mirado, ya lo había dado Franz Schubert (1797-1828) simultáneamente a Beethoven, especialmente con sus dos últimas sinfonías, la llamada Inconclusa y al denominada La Grande. Con todo, el influjo de las sinfonías de Schubert se dejará sentir solamente varios años después de su muerte, con el estreno póstumo de algunas de sus sinfonías. Así, la última sinfonía de Schubert, en do mayor, La Grande, compuesta entre 1826 y 1828 y estrenada sólo parcialmente en 1839 gracias al impulso de Mendelssohn, será junto con la novena de Beethoven la que más influya en el género durante el resto del XIX.

De los tres compositores citados al inicio, el más apegado a Beethoven, por así decirlo, es Brahms, que rinde explícito homenaje al maestro en el último movimiento de su primera sinfonía (escrita entre 1855 y 1876, año de su estreno), cosa que igualmente había hecho Schubert en su última sinfonía. Como se ve, Brahms se tomó con calma la composición de su primera sinfonía y la consideró terminada cuando contaba nada menos que 43 años, cosa bastante inusual. El “retraso” se debía en parte a la inseguridad que sentía frente al colosal cuerpo sinfónico que Beethoven había dejado como herencia a la humanidad. ¿Era posible no ya superar, sino al menos acercarse a lo hecho por el sordo de Bonn?, se preguntaría probablemente y con razón el bueno de Brahms. Por otro lado, la pujanza de un nuevo género orquestal como era el poema sinfónico parecía querer aparcar definitivamente la composición de sinfonías, considerándolas un género del pasado. 

Sin embargo, la primera sinfonía de Brahms fue todo un éxito. Le siguieron otras tres en los siguientes nueve años, compuestas en periodos de tiempo mucho más breves, en torno al mes. La segunda la escribió en el verano de 1877, unos meses después del estreno de la primera: la confianza que adquirió tras el éxito de esta redundó en la sorprendente rapidez con que compuso la segunda. Seis años después, en el verano de 1883 escribe la tercera, que incluye un famosísimo tercer movimiento, donde se escucha un conmovedor solo de trompa, el instrumento que tocaba el mismo Brahms. Dos años más tarde completa la cuarta y última de sus sinfonías, estrenada en 1885 y ejemplo de rigor y monumentalidad.

Las cuatro sinfonías de Brahms son el paradigma de sinfonía clásica postbeethoveniana: estructura compacta, rigurosa, monolítica, diamantina, amplio aliento y homogeneidad en busca de lo sublime. 

Las versiones disponibles son variadas: del imprescindible Wilhelm Furtwängler al revelador Segiu Celibidache, pasando por la sobriedad refinada de Bernard Haitink o la renovadora visión de Nikolaus Harnoncourt o de John Eliot Gardiner en sus dos versiones, la última aparecida en 2025.

En próximas entregas hablaremos de Bruckner y de Mahler.


 

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Andrés Ortega Garrido